¿Te gusta el latex cielo?


En el marco del Laboratorio de escritura de Casa de Cultura, este 23 de enero presentan

¿Te gusta el látex, cielo? De Nadia Villafuerte y charlan acerca del género literario más joven, el Ensayo.

Presentan: Nadia Villafuerte, Geney Beltrán Félix y Luis Felipe Pérez.

Redacción/ Colectivo Plataforma.

“No me arrepiento de haberlo matado. Se lo merecía. No supo con quién se metió. Porque mira, una viene con mala sangre y los demás se encargan de agriarte más y más y más. No tenía por qué, y conmigo se jodió…”

El libro ¿Te gusta el látex, cielo? (Fondo Editorial Tierra Adentro, CONACULTA, 2008), de Nadia Villafuerte, registra “esquinas de la realidad donde se agazapan los peligros, en forma de telarañas de apariencia inofensiva” según el editor Geney Beltrán. La autora recurre a personajes marginados, aquellos situados en la frontera del sexo, la vida en pareja, la piel y la mirada, pues “lo real ocurre bajo la superficie”. Destaca la osadía de la prosa narrativa de Nadia, quien da cuenta de aquella consigna de que a nuestras espaldas hay un pasado en obras.

La autora reconoce eso que llamamos tradición y sabe también lo pesado de esa loza, sólo si no se le conoce.” Geney califica de “experiencia perturbadora” la lectura de la obra de Villafuerte, pues define su estilo como una “violencia sorda” que narra “historias bajo la superficie, a punto de estallar”, en lo ignorado, a través de una “mirada puntillosa y precisa” y una prosa certera y fluida.

No es ninguna acotación arriesgada afirmar que, debido a que temática de Nadia Villafuerte se ubica en los márgenes, en la frontera del sur, donde hay “historias de mojados, prostitutas, corrupción política y extrema pobreza” sea un acto de denuncia. Y, ya que está también en el borde del norte, “un paraíso de plástico que no logra acallar las pulsaciones, que llaman del abismo, como el odio” que, junto al abanico de personajes que podemos encontrar como un espejo de la consuetudinaria realidad, Nadia, encadena la sordidez del ambiente y la soledad que avasalla el estado de ánimo develando, bajo el filtro literario, la sustancia de las emociones en una geografía humana con la que cualquiera puede rozar.

Hay quizá un hilo conductor en los diez relatos que nos deja Nadia Villafuerte en su libro

¿Te gusta el látex, cielo? La impureza del ambiente que tiene consecuencias de varias índoles. Tras esa sustancia que enlista a muchos en el club de los insatisfechos y a otros tantos en el de los olvidados, Villafuerte se acerca a la pregunta ubicua ante el futuro, ante la vida, ante la posibilidad-obligatoriedad de seguir. Sus personajes dan respuestas que encuentran su cauce en la circunstancia, en la esperanzada e inevitable labor de dar un paso tras otro sin parar, y en la particular forma de afrontar la vida, lejos de morales reinantes, lejos de cobijos legales, sus personajes caminan buscándose para sí mismos el derecho a la existencia, a pesar de que parezca habérseles negado a éstos y a cualquiera de nosotros.

No es la miseria o la acre realidad el más grande mérito de Nadia Villafuerte en este conjunto de relatos sino la maestría con la que conecta transversalmente la temática con la formalidad del relato. El lector puede encontrar en la lectura la necesidad de saber qué pasará, aunque aquello que le cuenten le suene familiar. Con recursos heredados y asimilados de esta misma tradición a la que se ha referido Geney Beltrán, ¿Te gusta el látex, cielo? construye su pretexto literario en la escritura, en cómo se han de presentar las historias que se cuentan, y es ahí que la autora hace emerger su propio estilo de dejar personajes construidos quisquillosamente, monólogos metafísicos que dejan dibujos exactos de los estados de ánimo en los que se puede estar, fotografías cabales de los sitios que construye en cada relato, además de las situaciones límite que logra la autora bajo la sintomática anécdota de cada relato. Nadia Villafuerte pues, presenta en cada relato un trabajo de escritura preocupado por su solvencia y eficaz en sus pretensiones.

Nadia Villafuerte nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas en 1978. Estudió periodismo en la Universidad Autónoma de Chiapas y educación musical en la Universidad de Ciencias y ArtesChiapas. Ha publicado los libros de cuentos Barcos en Houston (Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas, 2005), y Presidente, por favor, en la colección de narrativa negra La casa Ciega (Edaf, España, 2006), fue becaria del Programa de Apoyo a Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en su emisión 2003-2004, así como de la Fundación para las Letras Mexicanas en los periodos 2006-2007 y 2007-2008.

Asimismo, Geney Beltrán Félix de quien sabemos es narrador y ensayista y editor. Nos hablará acerca de la actualidad del Ensayo y su pertinencia como vehículo comunicante. Él mismo afirma acerca de la escritura, de la novela y de la literatura si es que nos damos el lujo de generalizar así, como a la ligera su concepción de la escritura, que lo delata en sus influencias:

“Una novela que vomite. Que vocifere su furia, que respire con enojo, hastiada de seguirle creyendo a la escritura sus ímpetus pudibundos. Que convoque en su prosa distintos niveles de la existencia, que vaya de lo elevado a lo sórdido, del lirismo a la crudeza, del estrépito al laconismo. Una novela que no use guantes de seda, que no tome el té de las cinco. En cambio, un libro áspero, que lacere y perturbe, que tense las palabras no con el estruendo fácil del amarillismo sino a partir del asedio de una violencia interior, solapada: una sintaxis que se vulnere sin gratuidad, sólo tácitamente y desde adentro, y que ése, inmaduro pero necesario, sea su estilo, a raíz del silencio que asfixia, y que en la página estalla.

Una novela así, por una intuición solitaria.”

Geney Beltrán Félix, vivió durante su infancia en un pueblo de la Sierra Madre Occidental llamado Chapotán, en Tamazula, Durango. Durante el bachillerato, trabajó como reportero cultural en El Diario de Sinaloa, de Culiacán. Estudió letras hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y literatura inglesa en el Victoria College de la Universidad de Toronto.

Ha sido becario de la Fundación Lorena Alejandra Gallardo. Ha trabajado como profesor de preparatoria, bibliotecario, asistente de investigación y traductor de libros de administración y psicología. Fue editor de literatura del Fondo de Cultura Económica (2005-2006). Ha publicado los libros de ensayo El biógrafo de su lector (Premio Nacional José Vasconcelos 2002) e Historias para un país inexistente (2005). Con Verónica Murguía hizo la compilación El hacha puesta en la raíz. Ensayistas mexicanos para el siglo XXI (2006).

Por partida doble pues, la cita será para este 23 de enero de 2009, a las 7:00 de la noche, en el marco del Laboratorio de Escritura que se imparte desde septiembre por parte de la Casa de la Cultura, ahí en el recinto de Álvaro Obregón, frente al jardín principal.

Saliendo de mi mismo


Rostro de Mujer


Panales


Ejercicio Anatómico B.


Ejercicio Anatómico A


Beethoven


Baile


Instrucciones para no ir al manicomio


Por: marco villa

Sáquese los ojos
y póngalos a remojar en agüita de mar
hasta crear una película salina
(tan gruesa como para poder ver las novelas de televisa sin remordimientos intelectuales.
Tan leve como para que le apene admitirlo a un tercero.)

Llore en los velorios,
pero cuente chistes en los funerales.

Si piensa en la infidelidad recuerde:
es a todos los demás que no son su esposa
a los que a su esposa le interesa que sí engañe.
(si ya lo fue sin reparar en lo anterior,
remítase a las sugerencias morales, otra vez de las telenovelas)


Y lo más importante si ya está decidido y sólo si lo está
(preferentemente si usted no cree en historias de fantasmas)
únicamente ame en cementerios.

Y el amor eterno no habrá de moverse.

Pero Eva ámame


Por: marco villa

- Eva, ahora que lo pienso la serpiente no te engañó por completo
verdad que ese árbol no era el del conocimiento:
el mundo es inmenso y nunca podremos entenderlo todo.

Evidentemente tampoco fue el árbol de la vida,
no hemos sabido espantarnos la muerte y ella a veces nos visita
entonces enfermamos hasta que un soplo nos reanuda con lo demás ...
pero sé Eva - sabemos - que un día la muerte vendrá para llevarnos.

Yo Eva, no soy omnisciente, ni soy inmortal
pero ámame Eva,
ámame sin embargo
hasta que se pare el corazón
cómelo porque ahora
el corazón del hombre y la mujer
es jugoso y dulce como era la manzana.

Ámame Eva
porque es el amor quien nos hará eternos
y aun después de dos eras, después de dos mil años
nuestra historia será recordada.

El poeta escribió la fiebre

Por: marco villa

I

El poeta escribió la fiebre
convocando al delirio, la belleza y la muerte
en un solo llamado,
al tiempo que el tiempo
a punto del punto
pararon los relojes
sin más sueños ni arena que perder.

La Mesita de Noche

Por: marco villa

Esta tarde sin afeitar
pilas de cuché corroen el espejo
y calcetines a medio teñir se asoman tímidos
desde tazas de café dejadas al buen amparo del olvido, por, sabrá Dios, cuánto tiempo.
¿Es que he venido a ser desechable?
¿Es que he venido a ser estéril?
¿Es que he venido a ser-o?

Este corazón está montado en el cuello de cisne de alguna botica.

Y hoy no hay por quien esperar,
ni calles que aprendieron mis pasos
mientras derramaba pétalos de regreso a casa.

Esto iba a ser ciertamente distinto,
desconozco si fue la realidad, la lógica o el sueño,
lo que falló,
pero en algún momento perdí.

Una sábana arrugada,
una llamada perdida,
una caja de kleenex
todo eso
no iba a ser el amor.

Te desnudas

Por: marco villa


Te desnudas como la tarde
cuando se desabrocha el sol,
lo desliza bajo sus hombros
y nace la noche allá en el cielo.

Te desnudas como si creyeras,
como si de verdad supieras,
que para esta caricia
que tiene mi mano
dormida en sus dedos,
tu piel es el último milagro
que despierta al día,
porque tú ya lo sabes;
hay un instante y un corazón
(y en cada instante
un corazón desnudo
esperando a vestirse
con un cuerpo.)

Y cuando por fin se cierra la luz
y dejas tu ropa junto al canasto
donde guardo a veces mis sueños,
quisiera tocarte tan suavemente,
tan despacio que
mi mano sobre tu piel
quisiera volar lo mismo
que vuela el aire sobre un pétalo.

Entonces me quedo en silencio
(Yo no conozco nada
que no pueda decir una caricia)
Yo no sé decir el sol,
no sé decir la magia.
Mi corazón apenas va
aprendiendo a decir tu cuerpo.

Amar

Por: marco villa

Yo soy el hombre
que recogió las rosas de la basura
para sembrarlas en su corazón.

Yo tuve ese corazón de hombre
con sangre y muerte de rosas.

Yo soy ese del corazón ausente
y la rosa marchita.

Aquel idólatra del dios amor.

Segunda más


Una más


Historietas


Segunda Parte

Historietas

Primera Página

Vía de la espera dolorosa

Jesús Brilanti T.


“La esperanza aplazada,
enferma al corazón”
Christy Brown

Si tú supieras cuanto me ha dolido esperar, lo más seguro es que llorarías; si tú en realidad supieras, te compadecerías de mi dolor. Y es que me estoy vaciando las venas cada que el minutero avanza, cada que el sol aumenta su grado de proyección o a cada instante en el que mi mis fosas nasales expelen el oxígeno ya digerido.

La vía de la espera dolorosa es tan amargamente lenta que se abren las heridas muy despacio y el momento en el que llegasen a suturar al parecer jamás llegará.
Si tu supieras cuanto me ha atormentado la espera, lo más seguro es que gritarías de espanto al percatarte que estoy vivo en muerte y no hay quien se atreva a llevarme a sepultar. Me estoy transmutando en un recipiente carente de esperanza, de falta de fe; soy el ateo cual cree que aquello no sucederá.

No te asustes entonces si algún día me desmayo en la espesura de mi resignación que duele, que aúlla y que gime ante el desamparo de tu indeterminación.
Sigue pensando las cosas mientras yo me deshago de lo que me queda de vida, continua disipando tus dudas en lo que yo me introduzco en el caldero de mi propia aniquilación.

¿Qué puede importar que yo te ame si para ti no es suficiente el hecho que yo lo haga? Por que así ha sido desde hace mucho tiempo, te he amado y al parecer a ti no te importa que me este rompiendo por dentro. ¿Qué puede interesar el hecho de entregar mi aliento al grito carente de tu eco?

Si tú supieras lo que significa permanecer justo debajo de la tormenta andando descalzo a través del sendero de la vía de la espera dolorosa tendrías compasión de este leproso quien no se curaría ni estando una eternidad debajo del tacto de Dios.

Tendré que guardar luto a través de los lustros, que se trasminarán en décadas ausentes de respiración, aunque después de todo quizá continúe respirando a través de mis heridas, mi única posesión.

El camino de la vía de la espera dolorosa, salvaje e iracunda pesadilla materializada en cada momento en el que osado pensar que ha llegado a su fin, pero la vía asemeja crecer más y más, mientras su descomunal fuerza parece comprimir mis pulmones, y en cualquier día de estos habrán de reventar. Si tú supieras todo el ajenjo que me he tenido que tragar, lo más seguro es que detendrías mi andar a través del sendero de esta vía cual asemeja jamás llegará a mostrarme su final.

Una mirada silente para un cadáver que se asfixia

Jesús Brilanti T.

La respuesta ya la sabía; aquella mirada me dejó más clavos adentro de mi pecho que mi misma certeza sobre lo ocurrido.
No mentí, creí otra vez, y una vez más aquí estoy, con un enorme hueco entre alma y piel. Me abrazaste, me dolió, me asesinaste. Desnudo yo, desnuda tú, pero, ¿de qué sirvió? ¿para marcar una llaga más en la superficie de mi mal sabor?

Es sólo que esta ocasión me he cansado de llorar, de gritar, de maldecir, de sufrir a pesar de que poseo una decena de orificios en mi tórax por donde entraron tus manos cogiendo todos y cada uno de mis respiros plagados de suspiros añejos y oxidados; ahí perduraron tus manos algún tiempo y, cuando las extrajiste en tus uñas llevabas mis venas, mi oxígeno y mi última esperanza. Me diste vida, después me la arrebataste, lograste dormirme entre tus brazos y por la madrugada, muy silente te marchaste; pero segundos después desperté sólo, con frío, cólera y hambre. Apagaste mi sed con tus palabras, después callaste y el desierto se infiltró por encima y debajo de mi lengua.

Ahora tengo que partir, ya no pienso esperar algo que está muerto, que ya no anda, no respira, y aunque más gélido y sin vida estoy yo, aún guardo un poco de fe para mis letras, mi poesía.
Aquella mirada tan firme, me hace dudar, de cualquier manera he decidido cargar con la duda en mi maletín eterno del olvido.

Una mirada silente para un cadaver que respira

Jesús Brilanti T.

La muerte llegó este día viernes dieciséis de noviembre; justo en el instante en el que me levanté por la mañana, supe que ya estaba muerto. El frío que cortaba mi rostro, el hambre cual apuñalaba mi alma.

Es curioso pensar que también un día viernes regresé a la vida con tanto júbilo, pero basta con darle vuelta a la hoja para poder admirar mi propio cadáver. Miro mis pies como posan por encima de mi espíritu una vez más.

Esta pasión inequívoca por lo que no poseo me ha asesinado; más sin embargo adoptaré el papel de Lázaro al día siguiente, y pasado mañana también. A veces es tan asquerosamente sonreír y contener el llanto a la vez, pero pudiese ser tan sólo el resultado de mi pasado. De cualquier manera hoy, en ésta gélida noche, estoy muerto, o tal vez, más que eso.

El día desde muy temprano se obsesionó por vestirse de gris, y mi alma le imitó por alguna vulgar y quimérica razón, lo que me orilló a mirarle de frente a los ojos y decirle que ahí estaba yo, yo con toda mi demencia, con toda mi desnudez, con mi rabia, mi pasión, mi impotencia, mi anhelo, mi deseo, mi sorpresa, mi amor, mi desesperación; pero a ella no le importó, ella ahí, tan serena, tan entera; mientras ella sólo veía como me transfiguraba yo en trizas, en porciones de un cadáver cual murió treinta años atrás y jamás resucitó; pese a todo continué yo ahí de pie.
Estoy muerto, tanto que el frío ya es parte de mí. Me asesinaron, me asfixiaron estas lágrimas que se quedaron atrapadas justo entre garganta y alma, no pudieron, no quisieron salir, esta ocasión optaron por no hacer acto de presencia, sería porque mi esencia perdió cromaticidad y adquirió luto por la sangre que no fluye ya.

Lamento estar respirando, caso extraño y radical para un muerto, pero a veces ya nada posee una explicación lógica en este recinto.

Estoy muerto y ya nada va a cambiar.

Detrás de tu mirada.

Jesús Brilanti T.

Por fin hoy, después de quien sabe cuantas mañanas, cuantas lluvias y cuantos suspiros desnudos, sin eco, sin prosa o verso pude por fin volverte a ver, y lo hice tan de cerca que no pude evitar sentir una vez más esa terrible sensación que se intercepta entre mi paz, mi hambre y mi sed; aun puedo sentirla, como también alcanzo a olerte, a mirarte, a sentirte y a escucharte. Detrás de esos ojos se esconde la sensación que me asesina, me deja silente y arruina mis deseos de soledad. Más sin embargo se ha llegado el día de hoy, se llegó el instante en que de pronto, de repente entraras y me encontraras justo ahí, en medio de un solsticio de amargura y pena; llegaste así, vestida toda de negro, con ese traje completo, con tu media cola de caballo sujetando tu cabello tan profundo, ondulado, tan intenso y sosegado por la afilada figura de tu cuerpo, al que le sienta tan bien esas sonrisas que emanas.

Apareciste hoy, como un espectro extraído de un apacible cuento azul, azul profundo que ralla en la belleza eterna cual otorga la tranquilidad, y es que a final de cuentas esa es precisamente tu manera de evacuar mi soledad, apareciéndote así como así, de la nada, de repente tras una cortina amarga que se empeña en perseguirme como intentando roer mi esqueleto. Hoy te volví a ver, y no me importó transgredir este verbo, pues te observé, te detallé y mi alma por fin se quedó en paz por un instante, por un segundo cual se prolongó al permanecer inmóvil y silente.

Te miré, y te observé después, me remonté al instante de aquel día cuando pude hacerlo por primera vez, después del día en el que te abandoné, yo llevaba algunos carteles de cine bajo el brazo, y sin saber si te agradaría dicho tema te hablé sobre ello ¿lo recuerdas? , y apareciste, así con toda tu entereza y tu descomunal belleza que apuñala mi ser, que desdobla mi alma, y que trepana mis mal sabores quienes se extinguen, se mueren, se olvidan de mi, aunque sea durante el breve instante en que te posas de frente a mi persona. Es como si fuere yo un receptáculo que se contagia de toda esa energía que emanas.

Quisiera saber exactamente que es lo que me sucede, pero no tengo la respuesta, sin embargo no tengo dudas por primera ocasión entablando tales circunstancias.

Perdí la cuenta de las veces que llegaba temprano, tan sólo para verte pasar, la recompensa era cuando me obsequiabas una sonrisa, adosada a una mirada de esas que uno jamás puede olvidar.
Hoy, después de no sé cuanto tiempo, te he vuelto a ver, y llegaste así como eres tu, un ave que llega, levanta suspiros y ya luego se va, siempre sonriente, acariciando la cordura de este pobre demente; es curioso desconocía tu nombre, pero en mis sueños te nombraba, sin poder recordarlo al despertar, pero existía un apelativo para ti, tan puro, tan bello cual era imposible de pronunciar. Valga la ocasión en el día de hoy que de tu boca me lo has dicho, cuando nos presentó tu amiga, ahora tengo la certeza no lo podré olvidar, pues aunque ahora estando despierto, me queda la sensación onírica de tus palabras y tus destellos justo a mitad de esta mi oscuridad, pero estoy despierto y te puedo escuchar.

Mucho antes de que entraras al salón donde hoy me encontraba, supe que estabas ahí, andando, caminado para llegar hasta aquí, te pude sentir a distancia, como a distancia te conocí. En medio de esa lejanía, la proximidad con la que hoy pude mirarte, y hablarte un poco sobre de mí, ha labrado una marca profunda en el costado derecho de mi espíritu, y lo he sellado con el más profundo de mis lamentos por no saber cuando será la próxima vez que permitas volver a estar cerca de lo que eres.

Cada que observo aquella pintura que me obsequiaste donde plasmaste un delfín, me cuestiono si algún día ya no tendré que esperar tantas horas para volverte a ver.

Detrás de tu mirada.

Jesús Brilanti T.

Por fin hoy, después de quien sabe cuantas mañanas, cuantas lluvias y cuantos suspiros desnudos, sin eco, sin prosa o verso pude por fin volverte a ver, y lo hice tan de cerca que no pude evitar sentir una vez más esa terrible sensación que se intercepta entre mi paz, mi hambre y mi sed; aun puedo sentirla, como también alcanzo a olerte, a mirarte, a sentirte y a escucharte. Detrás de esos ojos se esconde la sensación que me asesina, me deja silente y arruina mis deseos de soledad. Más sin embargo se ha llegado el día de hoy, se llegó el instante en que de pronto, de repente entraras y me encontraras justo ahí, en medio de un solsticio de amargura y pena; llegaste así, vestida toda de negro, con ese traje completo, con tu media cola de caballo sujetando tu cabello tan profundo, ondulado, tan intenso y sosegado por la afilada figura de tu cuerpo, al que le sienta tan bien esas sonrisas que emanas.

Apareciste hoy, como un espectro extraído de un apacible cuento azul, azul profundo que ralla en la belleza eterna cual otorga la tranquilidad, y es que a final de cuentas esa es precisamente tu manera de evacuar mi soledad, apareciéndote así como así, de la nada, de repente tras una cortina amarga que se empeña en perseguirme como intentando roer mi esqueleto. Hoy te volví a ver, y no me importó transgredir este verbo, pues te observé, te detallé y mi alma por fin se quedó en paz por un instante, por un segundo cual se prolongó al permanecer inmóvil y silente.

Te miré, y te observé después, me remonté al instante de aquel día cuando pude hacerlo por primera vez, después del día en el que te abandoné, yo llevaba algunos carteles de cine bajo el brazo, y sin saber si te agradaría dicho tema te hablé sobre ello ¿lo recuerdas? , y apareciste, así con toda tu entereza y tu descomunal belleza que apuñala mi ser, que desdobla mi alma, y que trepana mis mal sabores quienes se extinguen, se mueren, se olvidan de mi, aunque sea durante el breve instante en que te posas de frente a mi persona. Es como si fuere yo un receptáculo que se contagia de toda esa energía que emanas.

Quisiera saber exactamente que es lo que me sucede, pero no tengo la respuesta, sin embargo no tengo dudas por primera ocasión entablando tales circunstancias.

Perdí la cuenta de las veces que llegaba temprano, tan sólo para verte pasar, la recompensa era cuando me obsequiabas una sonrisa, adosada a una mirada de esas que uno jamás puede olvidar.
Hoy, después de no sé cuanto tiempo, te he vuelto a ver, y llegaste así como eres tu, un ave que llega, levanta suspiros y ya luego se va, siempre sonriente, acariciando la cordura de este pobre demente; es curioso desconocía tu nombre, pero en mis sueños te nombraba, sin poder recordarlo al despertar, pero existía un apelativo para ti, tan puro, tan bello cual era imposible de pronunciar. Valga la ocasión en el día de hoy que de tu boca me lo has dicho, cuando nos presentó tu amiga, ahora tengo la certeza no lo podré olvidar, pues aunque ahora estando despierto, me queda la sensación onírica de tus palabras y tus destellos justo a mitad de esta mi oscuridad, pero estoy despierto y te puedo escuchar.

Mucho antes de que entraras al salón donde hoy me encontraba, supe que estabas ahí, andando, caminado para llegar hasta aquí, te pude sentir a distancia, como a distancia te conocí. En medio de esa lejanía, la proximidad con la que hoy pude mirarte, y hablarte un poco sobre de mí, ha labrado una marca profunda en el costado derecho de mi espíritu, y lo he sellado con el más profundo de mis lamentos por no saber cuando será la próxima vez que permitas volver a estar cerca de lo que eres.

Cada que observo aquella pintura que me obsequiaste donde plasmaste un delfín, me cuestiono si algún día ya no tendré que esperar tantas horas para volverte a ver.

Se ha muerto la noche

Jesús Brilanti T.

Se cayó la noche, que tristeza, que crueldad.
Se me escurrió entre los dedos en una hora abrupta de soledad;
miserable mendigo, apacible castigo, la noche está muerta.
Se acercan los lobos, le siguen de cerca los buitres
aquel inerte cadáver desean poseer con vehemencia,
con demencia lloran y se desangran despojándose de su piel;
que locura, qué tortura y que sufrimiento pues se ha muerto la noche,
resbaló de mis manos y ahora son garras, carcajadas de angustia,
gritos, aullidos y gemidos, todo el valle les ha podido escuchar.

Tráiganme un ataúd con espinas y veneno,
podemos enterrar ahora, justo ahora a la humanidad,
mientras, se desangra la luna, muda se quedó;
la noche está tan pálida esta ocasión, más gélida de lo normal,
y es que, claro, está muerta, rígida, no respira más,
la misma muerte llora y oculta con pena su rostro,
mientras el viento agoniza, no parará.

Qué lamentable, que deprimente, es aberrante, aniquilante;
qué inoportuna e insolente fue esta hora de soledad,
dios mismo esta sufriendo en silencio,
el demonio se abruma, esta deprimido,
ángeles y arcángeles han mutilado sus alas,
fieras y bestias desgarran su espalda.

Ha fallecido la noche, se ha quebrantado la eternidad,
el universo se reviste de luto, las estrellas detenido su palpitar,
se ha muerto la noche que triste cantar,
las velas, el incienso, las cruces tan grises, tan opacas,
una indefinida e interminable falta de cromaticidad,
lágrimas pesadas como toneles de plomo, ya está todo listo,
nos vamos, partimos todos juntos esta insana madrugada
para llevarle a sepultar.
El último puño de tierra, cual quema, arde cual fuego,
que pesadilla, un mal sueño
del que nunca habré de despertar.

Naufragio en el abismo de los sueños.

JESUS BRILANTI T.

Me sentaré sobre la fría banqueta de esta calle que una y otra vez me negué a apreciar, y justo ahí a la sombra de un árbol carente de raíces dejaré que mis venas se vacíen y la sangre fluya tranquilamente hasta llegar al borde de aquella alcantarilla por donde algún día yo mismo debí de escapar. Me sentaré cabizbajo bajo una hoguera que me azote de frío y de llanto ante esta insalubre soledad y espero no equivocarme en el momento que empiece a caminar descalzo sobre las brazas de carbón con el afán de redimir mi culpa, mi ansia y mi enfermedad.

Me sentaré sobre el filo del concreto donde antes sangré mientras pensaré como es que tengo una cruda esperanza guardada en el refrigerador, esta congelada, ha perdido el sabor, quizá también el aroma, posiblemente no resucite por permanecer tanto tiempo atrapada a mitad de un témpano de inseguridad, adentro de una bolsa cual guarda también rebanadas de mis sueños mutilados, transgredidos por este correr del tiempo y no encontrar la respuesta, esa que siempre he deseado escuchar. Es por ello que hoy salí a las calles para embriagarme y sacar a orear un poco mi entumecido espíritu e intento que sienta aunque sea por última vez los rayos de sol, ¡pero qué pena, hoy esta nublado! Nublado igual que ayer y mañana, no me extraña pues gris ha estado todo este lapso desde el día en el que nací.

Tengo un kilogramo de fe almacenado en el congelador, con la luz de una vela he intentado quitarle la escarcha y hasta el último de sus intentos suicidas, pero no lo he logrado y a veces, a mitad de la madrugada pienso que jamás lo lograré.

Poseo una tonelada de ilusiones sumergidas en bloques de hielo, apenas y escucho sus lentos y apacibles latidos, según me parece aun están vivas aunque de repente ya no respiren, me aferro a mis falsos intentos por desear reanimarles, pero creo que lo único que logro es crucificarles.
Me sentaré a esperar ese tren, no precisamente para que me lleve lejos de aquí, sino para que me salve cuando coloqué mi cabeza sobre los rieles y cercene lo que me queda de ánimos, lo que me cansa la vista de tanto esperar mirando a través de los cristales rotos a lo que nunca habrá de llegar. Me sentaré bajo las lágrimas de las nubes para que humecten esta resequedad que esta quemando mi alma, esperaré a que la corriente suba llegando hasta mi frente y centímetros abajo muera por mi propia nariz.

Que falta, que falta me ha hecho el oxígeno y que ausencia he tenido que guardar bajo mi piel; es verdaderamente lamentable no pueda guardarla en la misma frialdad que me cobija esta noche, después de que alguien me dijo que mi viaje en barco jamás podrá ser. Me sentaré a naufragar a la deriva colmado de espasmos mientras me olvido que seguiré sangrando en esta eterna madrugada.

Vagando: Ricardo Durán Barney